Irán, una experiencia personal

"La mujer iraní es coqueta por definición, desde muy temprana edad se someten a operaciones de cirugía, es difícil encontrar a una iraní de 30 años que no se haya operado la nariz, empleado botox en sus pómulos o labios o no haya aumentado su talla de pecho".

Hemos comenzado el vuelo con retraso, al menos hora y media de demora, deberíamos haber embarcado a las 16:45 y ya son más de las seis y media de la tarde. Aún en la retina, la imagen del cielo de Madrid de principios de diciembre que ha querido regalarme un atardecer encendido, sublime, para despedirme en este nuevo viaje de vida. Por delante solo ilusión mezclada con la incertidumbre de cómo serán mis días allí, cuáles serán mis latidos, mi ritmo… En el imaginario de mi mente ya vuelan ideas, situaciones, encuentros e incluso paisajes nunca vistos, aunque siempre me resulta difícil saber si se corresponderán o no con la realidad.

Todavía no me hago a la idea de que mi nuevo rumbo me llevará a vivir en Irán al menos un año o quizá más tiempo. Me mantengo tranquila,  sin apenas ser consciente de que en unas horas mi vida cambiará sustancialmente. El paisaje y paisanaje con el que se encuentre mi mirada a partir de ahora será muy distinto al lugar que me ha visto crecer. Al llegar, mi identidad como mujer se verá oculta por un atuendo que cambiará mi fisonomía, mi sentido de mujer entendido bajo el prisma occidental. Mi cabello se esconderá tras un velo y mis formas y curvas quedarán difuminadas entre ropas holgadas. Quizá expresado de este modo pueda resultar superficial, pero pensarte así, sin haber vivido previamente esta experiencia, sin haber acostumbrado tu reflejo de ti a esa nueva imagen, sin duda te hace desconfiar del espejo en el que te miras; simplemente es como si esa imagen no te perteneciera.

Pero quizá más allá del código estético entre ahora a jugar otro factor mucho más importante, y es saberte mujer en un lugar donde tu papel quedará relegado habitualmente por las decisiones de los hombres. Esto es, al menos, lo que siempre nos han contado, estos son los prejuicios de Occidente. En realidad lo que me encuentre tras sobrepasar el control policial en el aeropuerto sólo yo lo conoceré, sólo yo podré contarlo, y estas líneas serán el vehículo de este nuevo viaje de vida que apenas acaba de comenzar.

El vuelo llega con hora y media de retraso a Estambul, mi primera escala. Casi sin aliento emprendo a toda carrera la búsqueda de la siguiente conexión, paso un nuevo control de seguridad y una vez en la sala de embarque me doy cuenta de que mi siguiente vuelo viene con dos horas de retraso, que finalmente se convertirán en tres.

En el avión con destino a Teherán durante los últimos minutos antes del aterrizaje ya se percibe el revuelo entre las mujeres, velo en mano se preparan para cubrirse el cabello. Yo las imito, o al menos lo intento, utilizando una de las técnicas aprendidas a la carrera antes de salir de Madrid a través de un vídeo de demostración de Youtube. Me coloco dos fulares, uno morado y otro negro. Me parece la combinación más adecuada para atravesar el control del aeropuerto; ni demasiado alegres los colores ni tampoco el negro riguroso. Más tarde me daré cuenta de que no es tan importante.

Siento un calor sofocante y mis movimientos parecen más los de un robot que los de un ser humano, temo que la composición algo chapucera termine desbaratándose y deje al descubierto mi cabello. Entonces observo que las mujeres que me rodean no le dan tanta importancia, incluso dejan asomar mechones de pelo entre el rusari, nuevamente los prejuicios occidentales se dejan asomar entre las neblinas de mis propios miedos.

Teherán me recibe con sol, el frío no es todavía gélido, las cumbres de sus montañas aún no están nevadas, pero, sin duda, es un sol de invierno, hoy es 5 de diciembre de 2011. En el taxi voy descubriendo con la mirada la que será mi nueva ciudad, una mole enorme con más de 17 millones de habitantes, plagada de grises edificios que recortan un cielo contaminado por la polución provocada por un tráfico caótico que hace poco o nada transitable la ciudad.

De camino al que será mi nuevo hogar, en el barrio de Sadatabad, la parte norte de Teherán donde reside una clase media acomodada, tengo la impresión de que la ciudad estuviera desierta, solo algunos coches recorren las vías, pero no se ve a nadie transitar por las calles. Más tarde sabré que se debe al Moharram, la festividad de la Ashura, en la que los iraníes guardan luto por el tercer imán, Husayn.

Tras acomodar el equipaje en mi nueva casa, salgo a la calle a explorar la ciudad con la curiosidad de quien trata de apartar los clichés occidentales sobre Irán de la realidad que devuelve las cosas a su sitio. No es la primera vez que visito un país musulmán, pero sí la primera que viviré en él una larga temporada. Un país en el que las normas que rigen para las mujeres son de obligado cumplimiento también para las extranjeras. El código de vestuario, el hijab, no solo es para las iraníes, sino para cualquier mujer que decida entrar en territorio iraní, ya sea como turista o como residente permanente o temporal.

Ya en la calle percibo que las miradas de los pocos transeúntes que circulan por la ciudad se dirigen a mí, toco mi velo por temor a que se haya caído, pero compruebo que permanece en su sitio. Voy de riguroso negro, manteu (una especie de chaqueta o camisa) ancho y largo hasta la rodilla, pantalones holgados y zapatos cerrados. En realidad mi aspecto no delata mi nacionalidad, de hecho mi fisonomía ayuda a mezclarme entre las mujeres iraníes, pero días después entenderé que lo que atraía la atención sobre mí de los demás y en especial de las féminas era precisamente mi celo porque no asomara ni un solo mechón de pelo de mi velo. Ninguna iraní en la calle va tan tapada como yo, solo en los edificios públicos se observa a rajatabla este código de vestimenta, pero yo en aquel momento era incapaz de saberlo.

La mujer iraní es coqueta por definición, desde muy temprana edad se someten a operaciones de cirugía, es difícil encontrar a una iraní de 30 años que no se haya operado la nariz, empleado botox en sus pómulos o labios o no haya aumentado su talla de pecho. El uso de maquillaje, en ocasiones exagerado es igualmente común o el abuso de los rayos UVA, y hay quienes incluso se tatúan las cejas. No es extraño ver no solo a mujeres, sino también a hombres por la calle con el vendaje postoperatorio en la nariz. En Occidente nadie se atrevería a salir de esta guisa y mucho menos hacer exhibición de ello, pero en Irán operarse la nariz es un indicador de buena posición social.

El desfile de velos de distintos colores y moños estilo Amy Winehouse que sujetan en un equilibrio imposible los rusaris o los tacones de vértigo de las iraníes, me derriba de nuevo la imagen preestablecida de un Irán desconocido por casi todos.

 

Tras acomodar el equipaje en mi nueva casa, salgo a la calle a explorar la ciudad con la curiosidad de quien trata de apartar los clichés occidentales sobre Irán de la realidad que devuelve las cosas a su sitio. No es la primera vez que visito un país musulmán, pero sí la primera que viviré en él una larga temporada. Un país en el que las normas que rigen para las mujeres son de obligado cumplimiento también para las extranjeras. El código de vestuario, el hijab, no solo es para las iraníes, sino para cualquier mujer que decida entrar en territorio iraní, ya sea como turista o como residente permanente o temporal.

Los propios iraníes son conscientes de la visión que se exporta de su país hacia el resto del mundo, y es la frase de uno de los camareros del restaurante Roma, ubicado a poca distancia de mi casa, la que me sitúa frente a esa cruda realidad: “Por favor cuente en su país y en Europa que no somos terroristas, que no vamos con armas ni bombas por la calle”.  Y es cierto, Irán es un país extremadamente seguro y la hospitalidad de sus gentes es tan abrumadora que a veces sonroja nuestra ignorancia sobre la generosidad de un pueblo que fue la cuna de uno de los imperios más ricos culturalmente.

Irán 2012

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