
Alicante, más allá de la costa
El paraíso no está tan lejos, quizá en El Botánico de Sagra
*Dejarse enamorar por la magia de El Botánico (Sagra. Marina Alta, Alicante). www.elbotanicodesagra.com
*Recorrer las sendas del Parque Natural Montgó y otear desde la distancia la isla de Ibiza.
*Perderse por el Valle de Laguar y sus pequeños pueblos.
*Soltar adrenalina con la practica del barranquismo en el Barranco del Infierno. www.barranquismo.net
*Saborear cualquiera de los deliciosos productos que Marta y Jesús ofrecen en su puesto Terra de Sabor en el Mercado Municipal de la calle Magallanes, Dénia.
*Desprenderse de la ropa para disfrutar de un baño en la Cala Blanca de Jávea.
*Degustar los escombros -calamares-, arroces melosos, el pulpo a la brasa y demás delicias regadas con los caldos de la región, mientras disfrutas del mar a la sombra de los tamarindos en Ca Tona.
*Observar el atardecer desde la playa de Portixol, Jávea.
*Atraverse con el traje de buzo y descubrir los uno y mil lugares para explorar los misterios del mar, en Jávea.
*Disfrutar de un café y buena compañía en el Café Sendra, en Ondara.
*Dejarse llevar por el olor a azahar entre los campos de naranjos.
*Probar la cereza denominación de origen del Valle de Laguar.
*Ver el mar de nubes con la puesta de sol desde la terraza del restaurante la Venta del Collao, en el Valle de Laguar.
*Esperar que salga el sol desde el faro del Cabo San Antonio y contemplar cómo los acantilados cambian de color.
*Asomarse al mirador de Els Molins para contemplar la bahía de Jávea.
*Pasear de noche por el diminuto pueblo de Sagra, mientras se ilumina la pequeña iglesia y se percibe la tranquilidad de sus calles estrechas.



Muy cerca del mar, a menos de 20 kilómetros de las templadas aguas del Mediterráneo, la Marina Alta (Alicante) esconde rincones ocultos a los ojos del turismo de sol y playa. Refugio de moriscos en su época, que resistieron en sus parajes hasta su expulsión definitiva, hoy los pequeños pueblos de la zona conservan la tipología urbanística musulmana con sus calles estrechas y pequeños recovecos que alargan su sombra en verano y dan cobijo a los transeúntes.
Entre colinas escarpadas y barrancos que son libros de historia, la Marina Alta mira de cara al azul intenso del mar. Mientras, el olor a jazmín se mezcla con otros aromas provenientes de la vegetación de la zona que cambia de la flor del naranjo a los bancales de cerezos y almendros. Cereza que, por cierto, es denominación de origen en el Valle de Laguar.
Con apenas cuatro centenares de habitantes, un poco menos de la mitad extranjeros, el pequeño pueblo de Sagra, en el Vall de la Rectoria, guarda entre sus secretos un rincón más propio del trópico que del clima mediterráneo. Su nombre lo evoca todo, El Botánico. Abrir sus puertas es una invitación a los sentidos. El verde de sus plantas, muchas de ellas traídas de lugares lejanos por su antiguo propietario, se fusionan con los colores intensos de las cuatro casas que componen el recinto, pensado para el descanso de cuerpo y alma.
La piscina, rodeada de palmeras y chopos es lugar de encuentro, de charlas pausadas, de risas, baños y complicidades compartidas en un entorno donde los sueños son posibles, a veces mecidos en una hamaca, otras tumbados en el césped o rodeados de agua.
Pero, El Botánico es algo más que un lugar de paso donde quedarse a pernoctar. Quien entra en el laberinto de su flora, de los rincones escogidos con la sutileza de quien sabe que la belleza está en las pequeñas cosas, en los detalles diminutos que crean una armonía perfecta, quiere permanecer en él, en esta especie de bosque encantado que alberga la magia de su creadora, Annie Juret.
Annie, a diferencia de los foráneos que llegaron después -jubilados atraídos por el clima mediterráneo- era una joven francesa visionaria que vio en estas tierras no solo el refugio y hogar de sus días, sino el espacio donde hacer confluir la energía de seres especiales que sin provocarlo fueron creando una figura común “los botaniqueros”. Aún hoy día, la presencia de Annie se percibe en cada rincón, en cada instante. No hay un momento, un lugar, una conversación donde no esté presente. Quienes la conocieron acuden a los rincones de El Botánico a su encuentro, los que entran por primera vez son conscientes de su esencia aún sin haberla conocido.
No es de extrañar entonces que quien entra en El Botánico no quiera salir, que quien abra sus puertas sueñe mundos y viva experiencias, que quien entre en él crea estar más cerca de su pequeño paraíso.
Hay quienes se atreven a hacerlo, a salir del paraíso para volver a entrar y su primer encuentro es con el Valle de Laguar, al que se accede por carreteras comarcales que según van tomando altura ofrecen una espléndida panorámica de los cultivos de naranjos de la llanura, con el telón de fondo del mar. Ya en el valle, tres poblaciones conforman un solo municipio: Campell, Fleix y Benimaurell que atestiguan el pasado morisco de la zona. El Barranco del Infierno con sus 6.500 escalones de piedra, sus saltos de agua, cuevas y precipicios que mueren en el río Girona dan paso a un intrincado pasadizo entre rocas de color gris brillante, recreo para los amantes del barranquismo.






































































