Roma, un tesoro arqueológico a cielo abierto

La "Ciudad Eterna" hecha para y por emperadores

*Descubrir la Fontana di Trevi iluminada, callejeando por Tridente a media noche.

 

*Dormir como un auténtico romano con

www.oh-roma.com

*Vivir la noche romana en el barrio de Trastevere o Campo di Fiori.

 

*Observar el deambular de turistas y nacionales en las escalinatas de la Piazza di Spagna.

*Imaginarse la adrenalina y la agitación de los gladiadores en el Coliseum romano.

 

*Pasear cual emperador por las avenidas de los Foros de Trajano, Augusto y Romano.

*Atravesar el río Tíber y sentir su brisa desde el Ponte de´ll Angelo.

 

*Contemplar la espléndida panóramica de Roma desde el Castel Sant´Angelo.

*Pasear por Via Giulia y enamorarse de cada uno de sus rincones.

*Ver mientras cae la luz y se iluminan las columnas, el Foro Romano desde el mirador de la Piazza de Campidoglio.

*Pasear por uno de los barrios más pintorestos de Roma, el Gueto Judío desde donde la vista alcanza la peculiar Isla Tiberina.

 

*Subir a la terraza y tomar uno de los ascensores panóramicos del Vittoriano para tener una vista completa de Roma.

 

*Probar suerte con la Bocca della Veritá en uno de los rincones más bellos de Roma, la plaza del mismo nombre.

*Mirar Roma al atardecer desde la Colina de Pincio.

 

*Visitar los Museos Capitolinos.

 

*Armarse de valor y subir los 500 escalones de la cúpula de San Pedro para observar una de las vistas más espectaculares de la ciudad.

 

*Recorrer Via Veneto y trasladarse a la década de los 60, cuando artistas y paparazis frecuentaban sus cafés y hoteles.

 

*Sentirse como en un museo al aire libre en la transitada Via del Corso.

 

*Sentarse a escuchar el susurro de las fuentes en la Piazza Navona.

 

*Ganarse una merecida torticolis observando la maravillosa Capilla Sixtina de Miguel Ángel.

 

*Disfrutar con el animado mercado matinal de frutas y verduras en Campo di Fiori.

 

 

 

Todavía recuerdo la primera vez que visité Roma, hace ahora la friolera de 21 años, en aquel entonces ya ávida de absorber todo lo que se cruzaba por mi mirada, recorría sin tregua cada uno de los espacios de este museo vivo que es la “Ciudad Eterna”. Pasear por sus calles es como tener permanentemente un libro de historia abierto entre las manos. Al igual que con la lectura, en Roma no es difícil imaginarse los personajes, las tramas, los romances y las conspiraciones de una época, cuya grandeza aún se deja sentir a través de sus vestigios.
 
Hoy al recorrerla de nuevo, la saboreo de una forma diferente y rememoro con nostalgia esa mirada bobalicona de hace dos décadas que boquiabierta me hacía girar compulsivamente la cabeza de un lado a otro para intentar retener todo lo que iba encontrando a mi paso. Lo recuerdo como si fuera ayer, llegué de noche, cuando las luces de la ciudad iluminaban caprichosamente los edificios más emblemáticos. El primero en toparse en mi camino fue el monumento Vittoriano, en honor al primer rey de la Italia unificada, Victor Manuel II. Punto de referencia de la ciudad y lugar desde donde se contemplan una de las vistas más completas de Roma. En esa ocasión y reconozco que también hoy, me pareció una gigante tarta de boda.
Pero, mi destino esa noche no era otro que el escenario de la “Dolce Vita” de Fellini, y aunque no pudiera emularla, al menos quería imaginarme como Anita Ekberg entrando en las aguas de uno de los rincones más espectaculares de Roma, la Fontana di Trevi. Ansiosa por encontrarla tanteaba las calles de una ciudad, en ese momento, aún desconocida para mí. El hallazgo fue tan sorprendente que las palabras se quedan cortas para describir ese momento en el que caminando entre edificios imponentes, calles estrechas, de repente como de la nada parecía abrirse un espacio donde se hacía inimaginable hallar una fuente de las dimensiones de Trevi. Por un momento, tuve que pestañear varias veces para cerciorarme de que lo que estaba ante mis ojos no era irreal. Me quedé como pasmada, inmóvil, mirando fijamente durante varios minutos al frente para después recorrerla una y otra vez de un extremo a otro.
 
Era agosto, la noche aún sin el calor pegajoso del día, tenía un aire templado y a esas horas eran pocos los que se atrevían a transitar por las calles de la ciudad eterna, lo que me permitió disfrutar de un escenario insólito, una Fontana di Trevi solitaria, apenas otra pareja compartía mi privilegio.
De vuelta a mi alojamiento, en aquel entonces fue un camping a las afueras de la ciudad; hoy sin embargo, un encantador apartamento de Oh-Roma en uno de los barrios con más vida nocturna, Trastevere, aún tuve tiempo de detenerme en el mismo Tridente en las escalinatas de la Piazza Spagna. Nuevamente, vinieron a mí imágenes del celuloide, pero esta vez los protagonistas eran Audrey Hepburn y Gregory Peck con “Vacaciones en Roma”. No pude evitarlo y me senté allí rememorando la foto fija en blanco y negro de los dos personajes, pero esta vez mi retina se llenaba de color, con la luz dorada propia de la iluminación nocturna que daba aún si cabe un ambiente más romántico a uno de los escenarios más emblemáticos de Roma.
 
Por esa noche era suficiente, sentía el cansancio en los párpados y la satisfacción de haber descubierto a media luz y con la complicidad de la noche dos de los rincones que más había visualizado en mi viaje imaginario a Roma mucho antes de conocer la ciudad.
A la mañana siguiente y con el calor propio del verano europeo fui descubriendo poco a poco y como quien mastica despacio para no perder ningún sabor, ningún aroma, todos y cada uno de los secretos de esta ciudad-museo. Primero fue el Coliseo, después el Foro Romano; el Campo di Fiori, otro de los lugares de ocio nocturno; el Gueto Judío desde donde se ve la peculiar Isla Tiberina, para finalmente desembocar en la Piazza Boca Della Veritá y comprobar quién dice mentiras. Y nuevamente dar marcha atrás para ver caer la luz desde el Mirador de Campidoglio sobre las columnas del Foro Romano.
Roma no es una ciudad que se pueda abarcar en día y medio, sus plazas, sus museos, sus rincones, su gastronomía hay que amasarla lentamente para quedarse con su esencia. La Piazza Navona, los Museos Capitalinos, el Quirinal y la Via Veneto, la Ciudad del Vaticano y la impresionante Capilla Sixtina, Villa Borghese, Esquilino y Laterano… y tantos otros lugares han de verse con la paciencia del viajero y no del turista que colecciona lugares. Roma ha de verse sentada desde una de sus terrazas, en una de sus escalinatas, escuchar el murmullo de sus fuentes, contemplar el vaivén frenético de sus visitantes y el chasquido de sus cámaras, pararse durante horas a conversar con el romano que ama y conoce su ciudad…
Roma es en definitiva, como diría una antigua compañera de universidad hoy también periodista, esa ciudad que te hace sentir pequeña por la grandeza de sus edificios y es además ese libro abierto a la Historia que sin letras te hace intuir cómo fue la vida en otra época.

Avión

 

*Aeropuerto de Roma-Fiumicino (FCO). Cuenta con tres terminales principales y una satélite.

Para llegar hasta Roma:

-En taxi: 50€ aprox.

-En autobús: Los autobuses de Terravisión comunican la terminal 3 con la Estación Termini www.terravision.eu

-En tren: El Leonardo Express conecta el aeropuerto de Fiumicino con la Estación de Termini www.treintalia.com

 

*Aeropuerto de Roma-Ciampino (CIA). Está a 15 km del centro de Roma.

-En taxi: 40€ aprox.

-En autobús: Terravisión www.terravision.eu

-En tren: Es la forma más económica, pero primero ha de tomarse un autobús hasta Ciampino ciudad y conectar con el tren que lleva hasta la Estación de Termini.

 

Tren

 

*Estación Termini: Es la estación principal de ferrocarril de Roma.

www.grandistazioni.it

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© ANA PERALTA 2012, devueltaalmundo.com

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