Río de Janeiro, A Cidade Maravilhosa

Sol, mar, arena y un ritmo constante que la hace vibrar

*Contemplar la Cidade Maravilhosa a vista de pájaro desde las alturas del Corcovado, en el mirador del Cristo Redentor.

*Vivir Río como un auténtico carioca en uno de los apartamentos de www.friendlyrentals.com

 

*Pasear por el bohemio barrio de Santa Teresa y disfrutar de la gastronomía brasileira en cualquiera de sus múltiples locales.

 

*Contemplar cómo el sol se pone tras el cerro de Dos Hermanos desde la playa de Ipanema.

*Disfrutar del ambiente juvenil y de las cabriolas de los surfistas en Arpoador.

 

*Encaramarse al mítico Pao de Azúcar tomando el bondinho y disfrutar de las vistas de la Bahía de Guanabara y la ensenada de Urca.

*Descansar tras una dura jornada en las cómodas habitaciones de www.ibis.com

 

*Explorar el Parque Nacional de Tijuca, la selva urbana más grande del mundo.

*Tomarse una cerveja gelada en el Bar Urca, mientras se disfruta de las vistas desde la costanera y de las casas señoriales del barrio.

*Recorrer en bici o caminando los más de 7 km de la Lagoa do Freitas.

*Visitar el templo del Fútbol, en otros tiempos el estadio más grande del mundo, el Maracaná.

 

*Escuchar los ecos de las escuelas de samba en el Sambódromo.

 

*Disfrutar de la noche carioca en el animado barrio de Lapa o en los más selectos Ipanema y Leblón, aunque muchos prefieren Gávea.

*Contemplar desde la desconocida Praia Vermelha la majestuosidad del Pao de Azúcar.

 

*Escaparse de las playas urbanas para disfrutar de las agrestres Grumari, Prainha o de las también urbanizadas, pero más amplias, Barra y Recreio dos Bandeirantes.

 

*Visitar el Jardín Botánico, que guarda una de las mayores colecciones del mundo con más de 40.000 plantas.

 

*Subir los 215 escalones de la Escadaira de Selarón, recubiertos con azulejos procedentes de todos los lugares del mundo, obra del artista chileno, Jorge Selarón, fallecido en enero.

 

*Rememorar tiempos pasados en la Playa de Copacabana.

 

*Caminar por el Parque do Flamengo y contemplar el ajetreo de los cariocas.

 

*Disfrutar del ambiente local en cualquiera de los pequeños botecos (bares) del barrio de Humaitá, en especial del Rebouças.

Todavía recuerdo mi llegada a Río como si fuera ayer, han pasado unos meses desde entonces, pero la Cidade Maravilhosa tiene algo que atrapa, una materia intangible que se adhiere al cuerpo y al alma para no desprenderse por mucho tiempo que pase.
 
Aquel día, Río me recibía con una fina llovizna y un cielo grisáceo que disipaba mi idea de sol y ambiente cálido. Pero, aún así ávida por conocer la ciudad que tantas historias ha inspirado y con la letra de la famosa Garota de Ipanema, de Vinicius de Moraes y Tom Jobim, repiqueteando en mi cabeza, dejé mi pequeño equipaje en el alojamiento y salí a explorar la ciudad.
 
 
En mi caso, Río fue entrando poco a poco, como un amor maduro que va conquistando cada rincón, sin prisas, pero con la constancia del que llega para quedarse. No fue un flechazo a primera vista, sino que me fui enamorando a medida que fui mascando cada uno de sus ambientes.
 
Las dos primeras semanas tuve como guía el latido de Río; sus calles, su brisa, sus gentes y recovecos, cada uno diferente, porque hay muchos Ríos dentro de Río, cada uno de ellos con su propia esencia, su propio estilo. Si hay algo que me cautivó fue precisamente esa mezcla provocadora entre lo moderno y lo antiguo, lo convencional y lo iconoclasta, lo burgués y lo humilde, la favela y el barrio alto que se unen en las playas, porque, aunque cada puesto tiene su clientela, al final en el mar no hay barreras.
Me enamoré de Santa Teresa, en otros tiempos un lugar inseguro, dicen las malas lenguas. Hoy, barrio de artistas bohemios y de turistas que, quizá, buscan en él su aspecto lisboeta, aún sin el pequeño bonde (tranvía) que subía desde los arcos de Lapa (el barrio de la movida nocturna) y que fue suspendido el 27 de agosto de 2011 por culpa de un fatídico accidente. Los moradores de Santa Teresa reclaman hoy con fuerza su puesta en marcha, para poder acceder a sus empinadas calles, repletas de mansiones que años atrás no valían nada y que hoy se venden por auténticas fortunas.
 
El barrio es uno de esos lugares que merece la pena visitar tanto de noche como de día, para disfrutar de las vistas que ofrece de la ciudad y para saborear una deliciosa cena en cualquiera de los locales que salpican sus calles y animan la vida nocturna de Santa Teresa.
El tranquilo barrio de Urca a los pies del Pão de Açúcar, fue otro de mis lugares preferidos en ese primer contacto con la Cidade maravilhosa. Su ritmo atemperado, que aún conserva el ambiente marítimo típico de un barrio de pescadores, invita a pasear por sus calles y a descubrir los pequeños botecos (bares) como el Bar Urca, donde la clientela saca sus cervejas geladas y las bolinhas de queijo al pequeño malecón para contemplar la Bahía de Guanabara.
 
Pero, Urca guarda además entre sus encantos tres morros (o cerros), el que da nombre al barrio, el famoso Pão de Açúcar y el de Cara do Cao, además de tres playas no muy exploradas por los turistas, como la Praia Vermelha, Praia da Fora y Urca.
 
Muy cerca del barrio de Botafogo y delimitado por la Bahía de Guanabara, Urca me hace pensar en los primeros exploradores que llegaron a un Río exuberante y con una naturaleza salvaje, virgen, apenas explotada por la acción del hombre. Intento pensar en sus caras de asombro e imaginar cómo era la ciudad en aquel entonces y me siento afortunada por compartir al menos parte de la belleza que ellos descubrieron.
Aunque de las playas, me conquistó la pequeña Arpoador, quizá por la parte rocosa que la delimita y desde donde se puede disfrutar de uno de los atardeceres más maravillosos de Río, mientras el sol se esconde tras el morro de Dos Hermanos con las contiguas Ipanema y Leblón al fondo. Arpoador es el punto de encuentro de los jóvenes cariocas y del ambiente más alternativo, mezclado con los surfistas que desafían una y otra vez las olas.
 
 
 
 

Avión

 

*Aeropuerto de Galeao, a 15 km del centro de la ciudad. Hasta él llegan casi todos los vuelos de Río, excepto algunos nacionales que arriban al de Santos Dumont, en la Bahía de Guanabara. www.aeroportogaleao.net

 

Para llegar desde el aeropuerto hasta París centro:

-En taxi:

La mejor es opción es tomar un radio taxi o un taxi compartido.

 

-En autobús:

Real Auto Bus, conecta con el Centro y con diversos puntos de la ciudad.

 

Un pensamiento que vuelve a mi mente, cuando encaramada a la explanada del cristo Redentor en el Corcovado, obra del escultor Paul Landowski, disfruto de una panorámica casi completa de Río de Janeiro con el Pão de Açúcar como vigía. El Parque Nacional da Tijuca, donde está ubicado el cristo, es una extensión inabarcable de verde y selva que inunda los cerros y cae casi hasta pie de playa.
No fue hasta días más tarde cuando decidí pasear por las míticas franjas de arena de Río. Copacabana, la más extensa de las playas urbanas y la más famosa junto con Ipanema, guarda el encanto de tiempos pasados. Hoy en día con una orla (paseo marítimo) remodelado y con nuevos kioskos de bebidas que dan vida a la que fuera el encuentro de la “gente guapa” de Río sigue concitando a turistas y cariocas alrededor de su lengua de arena y de los hoteles y restaurantes de lujo y de clase media que circundan el barrio.
 
 
La Lagoa do Freitas y el barrio de Humaitá terminaron por enamorarme al completo de Río. Fue a mi vuelta de un extenso periplo por Brasil, cuando me encontré con ambos rincones. Mis largos paseos en bici por el perímetro de la Lagoa, la charla pausada con amigos en el pequeño boteco de Rebouças, las idas y venidas hasta la playa, las risas compartidas… Me fui quedando sin querer abandonar esta ciudad maravillosa que te atrapa sin darte cuenta. Primero fueron unos días, después semanas hasta completar un mes y la despedida fue tan desgarradora como quien se separa de su compañero de vida para buscar un futuro en un lugar lejano. Pero, ni el tiempo ni la distancia impide que cada día haya un segundo, un instante en el que viaje hasta la Cidade Maravilhosa, Río de Janeiro.  
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© ANA PERALTA 2012, devueltaalmundo.com

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