"Pongamos que hablo de Madrid"

Que diría Joaquín Sabina!

*Pasear por el Madrid de los Austrias.

 

*Alojarse en alguno de sus encantadores alojamientos http://www.gowithoh.es/apartamentos-madrid/

*Disfrutar de la noche madrileña en los locales del barrio de La Latina, Malasaña, Chueca o Huertas.

 

*Saborear una refrescante bebida al refugio de alguna de sus plazas (Conde de Barajas, La Paja, Comendadoras, Plaza Mayor, Olavide, Santa Ana, Tirso de Molina...)

*Visitar el Museo de El Prado y el Reina Sofía.

 

*Contemplar las exposiciones en el Caixa Forum.

*Degustar de algunos de los platos gourmet en el Mercado de San Miguel o el de San Antón.

 

*Inspeccionar las mil y unas tabernas del centro.

*Escaparse de la ciudad y disfrutar del aire de la sierra.

*Contemplar la puesta del sol desde el Templo de Debod.

*Perderse por los jardines de Sabatini.

*Vistar el Jardín Botánico.

 

*Observar las remozadas torres de la iglesia de los Jerónimos.

 

*Los domingos, mezclarse con el tumulto de El Rastro.

 

*Seguir el ajetreo de la Gran Vía.

 

*La Puerta del Sol y su reloj.

 

*Un chocolate con churros en el callejón de San Ginés.

 

*Mirar Madrid a vista de pájaro desde la azotea del Circulo de Bellas Artes.

 

*No perderse Cuchilleros, a la sombra siempre de la Plaza Mayor.

 

*El edificio de Metrópolis siempre presente desde las alturas.

 

*Sacar la cámara en la Plaza de la Villa.

 

*Contemplar los tejados de Tirso de Molina desde la terraza-azotea de  Casa Granada.

 

Después de 8 meses sin pisar sus calles, sin visitar sus rincones, hoy de nuevo camino bajo el sol tórrido del verano madrileño. Quizá una de las cosas que siempre me ha gustado de Madrid es pasear por las estrechas callejuelas del centro que recuerdan a la villa que fue en el pasado más que a la ciudad moderna en la que se ha convertido hoy en día. Esa mezcla entre lo antiguo y lo vanguardista es lo que hace de Madrid una ciudad con carisma, sin olvidar su ambiente y esa sensación de que la ciudad vibra a cualquier hora, en definitiva que está viva.
 
Siempre es agradable a la vez que extraño encontrarse de nuevo con la ciudad que te ha visto crecer después de pasar largas temporadas fuera. Todavía en el recuerdo resuena la necesidad que hace ahora un año sentía de encontrarme con el cielo de Madrid. Tras pasar 7 meses en Teherán y acostumbrarme a su color grisáceo fruto de la contaminación, tenía añoranza del cielo madrileño que aún con su cuota de polución deja entrever un azul claro que resalta los colores de las fachadas del Madrid de los Austrias y llena de luz el Parque de El Retiro, los Jardines de Sabatini, el Templo de Debod y el ahora el remozado Manzanares con su flamante Madrid Río.
En aquel momento tenía una nostalgia pegada a los huesos, de esas que te urgen a escaparte de donde estás para revivir momentos, encuentros y visualizarte en esos recovecos que tanto te gustan de tu ciudad. Recuerdo que cuando regresé a Madrid la encontré espléndida y no porque estuviera muy cambiada desde la última vez que la vi, sino porque tal vez mis ojos querían llenarse de esas imágenes que me habían acompañado desde mi adolescencia y que se me hacían tan lejanas en la distancia.
Sin embargo, este regreso ha sido diferente, no buscaba el cielo y quizá tampoco tenía esa necesidad urgente del reencuentro con la ciudad, sino más bien de la charla pausada y tranquila con familiares y amigos. Aún así recién aterrizada en el aeropuerto de Barajas y a pesar de que me recibía esta vez un cielo plomizo típico de las tormentas de verano, fui de nuevo, en mi recorrido hasta Embajadores, redescubriendo cada uno de sus rincones con la mirada de quien se reconoce en cada uno de ellos.
 
Primero fue la Castellana, seguida de Recoletos hasta dar con la Cibeles, Neptuno, El Prado, Atocha, la fachada del Reina Sofía, el Teatro Circo Price y la Casa Encendida. Lugares todos ellos que tienen un significado para mí y que mi retina iba grabando a cada paso y descodificando de ese almacén de los recuerdos que guardamos cada uno. De todos ellos podría describir un momento, una situación, una sensación diferente…
Al día siguiente, el sol quiso de nuevo brillar con toda su intensidad para mostrarme una vez más el cielo de Madrid , sus calles y terrazas repletas de madrileños y turistas nacionales y extranjeros que miran el ir y venir de los transeúntes que van y vienen del trabajo o acuden a una cita, al cine, al teatro o tal vez a un concierto. Refugiados a la sombra de algunas de sus plazas: Conde de Barajas, Plaza Mayor, La Paja, Tirso de Molina y tantas otras degustan una cerveza fría, un refresco o incluso un café. Mientras, yo continúo escudriñando atenta los rincones y fachadas que hace tan solo unos días me parecían tan lejanos y que hoy vuelven a estar delante de mí.
Es extraño, saberse tan lejos, pero a la vez tan cerca, a pesar de la distancia, de la ciudad que te ha visto crecer que esta vez decidí verla también con ojos de turista. Antes de acomodarme en el cándido refugio familiar, quise ver Madrid como quien lo hace por primera vez. Fue meditado e incluso elegí el sitio a conciencia, a través de www.gowithoh.es Quería estar en el centro, en el meollo de la ciudad, allí donde en alguna ocasión había despedido el año con el sonido del reloj de la Puerta del Sol donde me instalé por unos días para escuchar el ritmo agitado de una ciudad que no duerme nunca, que tiene un latido constante y que seguía siendo mi ciudad, aunque ahora la viera con ojos de turista. Ya solo me faltaba cámara en ristre, salir a la calle para robar las imágenes que durante tantos años había guardado en la memoria y que a partir de ese momento quedarían además grabadas en mi lente.
Por más que conozcas Madrid, que hayas caminado mil una vez por cada uno de sus rincones, siempre hay un lugar, un detalle que vuelve a sorprendente, en el que no habías reparado hasta ese preciso instante. Un secreto guardado a tus ojos  que se desvela en ese momento y que te hace preguntar: ¿cómo es posible que no me hubiera fijado antes? Quizá sea precisamente ese motivo el que me lleve a recorrerla una y otra vez como quien busca un tesoro perdido.
 
Algo tiene Madrid que hasta los poetas le regalan letras. "Pongamos que hablo de Madrid", Joaquín Sabina.
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© ANA PERALTA 2012, devueltaalmundo.com

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